Por:
Jorge Ruiz Barcellos.
A comparación del mes pasado no había
tanta gente, al punto tal de que termináramos olvidados de nosotros mismos. Era
una ciudad! paralela a la vieja capital con lo execrable de fuera. Mendieta, de nombre Lima, señor y amo del lugar no permitía que alguien huyera,
personalmente casi se encargaba de ello, digo casi, porque…
El lugar era gobernado por El Nodo una esfera que tiritaba luminosidad
permanente por ese centenar vigilante de ojos ortogonales. Se pueden ver sus
cablecitos y unas siglas intermitentes que emitía ese ruido respirar. Siaf!!.
Antes que sucediera todo conté 112 los
que vivíamos entre estaciones, cubos en pisos, distribuidos por ambientes ataviados
y delineados por esas filas de vitrales semi transparentes y evanescentes.
Tenía todo: Snacs, perfumerías, Spas; tiendas surtidas de vestuarios, máscaras,
tecnología del agrado, imágenes de las sensaciones, aquí Lima producía técnicos para liberarte del dinero, equipos de
persuasión, parafernalia para olvidar la tristeza y el dolor. La verdad y el amor eran
aditamentos. Unos avisos advertían: ¡prohibido leer y saber! los plantaron como paz para quienes
buscan guerra.
Dedicados a construir enormes
estructuras, se nos llamaba los hombres caja.
Dormíamos en el interior, las manos no nos daban para coger y los dedos se mostraban cansados y acabados por
el ácido, parecían ahuecados del constante martilleo sobre el cartón. Aquí, casi olvido
de leer y escribir.
Las mujeres recibían el seudónimo de Piedras, su trabajo requería más
concentración, mover máquinas, empujar cajas. Cargando, cargando. Lima decía que desde su aparición ellas fueron
mal tratadas, siempre son vistas como débiles no! acá eran libres?
Nadie hablaba sobre los más pequeños, los
teníamos como ocultos, no sé si porque esa es una de las verdades de este
relato o simplemente para protegerlos. Les decimos los meñiques. Trabajan día y noche alisando o puliendo cada tubo de
cañón, los casquetes por tener el orificio reducido eran adecuados para los
dedos de los niños.
Ese día, como dije, nunca más será
normal en Casarata. El cerebro de todo lo que funcionaba, se apagó. Lima llamaba desesperado a todo mundo-
qué alguien solucione- gritaba. Tuve que llegar con el lápiz en mano y en la
otra un desarmador, por si andaba él mal armado.- La Clave. Ha desaparecido el
código –dijo. Un silencio enardeció todo como si fuera hueco.- Lo he olvidado.
Lo he olvidado todo- sumido esperó como un enano sobre su cama.
-Si no aparece varios quedaran fuera,
sin comida, sin diversión, el espectáculo se les acabó- lo dijo muy en serio
que todos nos asustamos.
-Qué lo arregle Nipkip- grita desde su habitación. ¡Qué podía hacer!.
Pensé mejor, empiezo por casa. Nó! La
inmensidad me mata. Podía ser como arar en el mar. Llamé a los Caja posiblemente lo hubieran visto, o
mejor aún si recordaban cómo se nombraba, cómo se escribía o cómo se hablaba. Nadie
supo, todos lo habían olvidado, solo distinguían unos símbolos que llevaban en
sus mangas. Indagué con las piedra, estas
mujeres no entendían de qué se trataba o que era eso.
-La clave, el nombre, sin eso no
tendremos nada- exclame con los ojos redondos. Ninguna comprendía lo que dije,
era como extraña lengua para ellas.
Anuor, me insistió- -La clave está en el patio de letras-
No podía olvidar que él era el menor de los meñique, un grupo de niñitos extraviados y encadenados en las tristezas de la casa, la última vez que vi a Anuor fue en el fregadero de Lima, y aunque nunca antes lo interrogué,
apurado me insistió
-las letras que nos servirán para leer y saber- asintió
-No hay patio ni letras- le dije con una
sonrisa inesperada.
Luego corrí hasta Lima.
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